Los insectos en las obras de arte (I)

insectos en las obras de arte

Toda una sorpresa fue la que se llevó Mary Schafer, conservadora del museo de arte Nelson Atkins de Kansas (Estados Unidos), cuando examinaba la pintura “Los olivos”, de Vincent Van Gogh. Desde su creación en 1889, este cuadro escondía un pequeño secreto en su parte inferior: los restos de un saltamontes que se habían quedado incrustados entre las gruesas pinceladas del autor holandés. Este hallazgo, que se realizó casi de forma accidental, despertó el interés de todo el equipo de análisis, ya que confirmaba que la pintura al aire libre fue una de las técnicas más utilizadas por Van Gogh, lo que le hizo tener que lidiar con diferentes inclemencias como el viento, el polvo o los insectos. De hecho, en una de las cartas que envió a su hermano Theo en 1885 ya contaba como tuvo que retirar cien moscas de cuatro de sus lienzos, además de granos de arena y briznas de hierbas.

Esta curiosa historia da cuenta de la habitual presencia de insectos en las obras de arte, pero, desgraciadamente, no siempre es tan inocua como la de los restos de este saltamontes. Al contrario, estos pequeños animales son la causa de grandes desperfectos en nuestro patrimonio, fundamentalmente por parte de los xilófagos, es decir, aquellos que se alimentan de madera. En el caso de nuestro país, los retablos son sin duda los elementos artísticos más perjudicados por el ataque de las plagas de insectos, así como las colecciones de arte que se conservan en los sótanos de museos, anticuarios, galerías o coleccionistas.

La humedad que se da en muchos de estos espacios es el caldo de cultivo ideal para el desarrollo de microorganismos que pueden causar graves daños, así como de insectos. Estos se alimentan directamente de las obras de arte, ya sean de madera, cuero u otra sustancia orgánica, depositan sus huevos en ellas y producen desperfectos que incluso pueden ser irreparables. Entre los más comunes están los dermestidae y los anobiidae, entre los que se encuentran termitas y carcomas. Todos ellos constituyen, de esta manera, los agentes biodegradantes más relevantes de maderas, tanto estructurales como las que han servido de soporte para la ejecución de obras de arte.

Uno de los principales problemas del tratamiento del biodeterioro presente en retablos radica en que la mayoría de las veces se ha abordado la cuestión de forma puntual, centrándose únicamente en la propia obra de arte, sin tener en cuenta las características de los edificios que las albergan, así como las condiciones medioambientales y geográficas de los lugares donde están ubicados. La humedad afecta directamente en el asentamiento de los insectos y a su vez está relacionada con aspectos estructurales y arquitectónicos de las construcciones. Pero en edificios históricos, subsanar estos problemas suele conllevar una labor compleja que requiere un estudio integral para evaluar y conocer su procedencia: si se trata de humedades por capilaridad, por condensación, etc.

Pero más allá de la humedad, hay otros factores determinantes. La temperatura también influye en el desarrollo de insectos. Los anóbidos suelen tener un ciclo de vida de 1-2 años, pero pueden llegar a tener dos generaciones en un periodo entre 8 y 14 meses cuando colonizan madera en un edificio que combine calefacción y humedad. Las termitas, por su parte, se ubican en lugares en los que el termómetro no descienda de 0 ºC. La falta de luz también puede favorecer la presencia de muchos insectos como Lepisma sacharina, Thermobia doméstica y las termitas, Reticulitermes lucífugus. Otro punto determinante para evitar la proliferación de insectos es una adecuada ventilación de los edificios, ya que estabiliza la humedad relativa ambiental, reduce el contenido de agua de la madera y evita la concentración de humedad por condensación. También el tipo de madera y las condiciones de la superficie de esta tienen mucho que ver: las más rugosas acumulan polvo, hongos y huevos de insectos. Y, por último, la falta de mantenimiento de los edificios, las restauraciones inadecuadas y la escasa limpieza de las obras de arte contribuyen al biodeterioro y a que, además de insectos, puedan desarrollarse hasta micromamíferos como roedores, que también pueden causar un daño irreparable al patrimonio histórico-artístico.

Especies más frecuentes

Son varias las especies más frecuentemente aisladas en los retablos españoles y los edificios históricos que los albergan. Los grupos pertenecientes a la familia Anobiidae se han encontrado en maderas de pino, roble, cerezo y castaño. Los Lyctidae deterioran maderas de frondosas blandas. En la familia Cerambycidae, los Hylotrupes bajulus prefiere maderas de coníferas como el pino y el abeto, mientras que los Hesperophanes cinerus ataca madera de frondosas, haya, acacia, álamo, nogal o castaño. Los Dermestidae, aunque son plagas minoritarias en retablos, se pueden detectar en maderas con adhesivos.

Pero son las termitas subterráneas, entre ellas, la especie Reticulitermes grassei, las consideradas como la mayor amenaza para los edificios y retablos de la Península Ibérica. Tanto la ya mencionada Reticulitermes grassei como el coleóptero Hylotrupes bajulus se consideran especies muy peligrosas porque atacan muy gravemente a las estructuras de madera de los edificios y a las obras de arte. Durante los últimos años las plagas de los primeros de ellos se han incrementado, sobre todo en las costas mediterránea y cantábrica y en el interior de la Península. Sevilla, Córdoba o Toledo, ciudades mundialmente famosas por su rico patrimonio, sufren de forma recurrente ataques de este tipo de insectos en sus bienes inmuebles.

FUENTE: “Análisis del Biodeterioro. Infestaciones y erradicación”, por Nieves Valentín, Unidad de Biodeterioro del IPHE. Dialnet