El suelo hidráulico: evolución, características y restauración

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Suelo hidráulico de la Escuela de Minas y Energía una vez realizada su restauración.

No hay duda de que el pavimento hidráulico, esos suelos “vintage” formados por llamativas baldosas con formas y colores ornamentales, está de moda. Se puede ver en revistas de decoración, residencias de diseño, y en las tiendas de cerámica más a la última. Pero al contrario de lo que se pudiera pensar, este fenómeno viene de lejos. En concreto, este tipo de piezas se desarrollaron en el sur de Francia a mediados del siglo XIX, y su uso fue generalizado hasta finales de la pasada década de los cincuenta. En Madrid, uno de los mejores ejemplos de este tipo de pavimentación se encuentra en el hall de acceso al Claustro de Profesores de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas y Energía, en cuya restauración Titanio Estudio ha participado recientemente con la elaboración de su proyecto de conservación y restauración, y su dirección de obra.

El suelo hidráulico de la Escuela de Minas y Energía

En concreto, la zona central de esta estancia presenta un pavimento hidráulico compuesto por baldosas de 20x20cm, con una decoración vegetal muy rica y recargada, con motivos regulares dispuestos en módulos cuadrangulares. Todo ello aparece rodeado por una cenefa, también con motivos vegetales y cintas corridas. Y para finalizar, una serie de baldosas hidráulicas de color rojo que forman el orlado o fajeado perimetral y sirven de remate hasta el zócalo.

Este llamativo pavimento es obra de la prestigiosa casa Escofet y Cia, conocida anteriormente como Escofet, Fortuny y Cia, aunque la unión con Fortuny se rompió en 1896. Esta fábrica fue pionera en nuestro país en la creación de este tipo de baldosas, muy del gusto de la burguesía catalana de la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente poco antes de que finalizara la centuria, en 1891, la firma barcelonesa abrió una sucursal en Madrid.

 

Reverso de una de las baldosas hidráulicas de la firma Escofet, Fortuny y Cia.

Reverso de una de las baldosas hidráulicas de la firma Escofet, Fortuny y Cia.

 

Paralelamente, entre los años 1884 y 1894, se llevó a cabo la construcción del edificio de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas y Energía de Madrid bajo las órdenes del prestigioso arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, autor de otros edificios tan representativos de la capital como el Palacio de Cristal de El Retiro o el Palacio de Fomento, actual sede del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente. Con seguridad Velázquez Boscó conocía al mencionado fabricante con anterioridad incluso al establecimiento de la nueva sucursal madrileña y a su exitoso paso por  la Exposición de Barcelona de 1888, donde Escofet, Fortuny y Cia. obtuvo la medalla de oro. De hecho, el pavimento hidráulico se instaló en muchos edificios de la época por toda España. En Madrid, por ejemplo, se conserva un suelo parecido en el salón Chaflán del Museo Cerralbo, obra del artista modernista Josep Pascó, quien quizá pudo ser también el autor del diseño de la Escuela de Minas y Energía, el cual se puede encontrar también en la tienda de telas de Casa Navás, en Reus (Tarragona).

Estado previo y tratamientos de restauración

 

Deterioro de algunas de las baldosas antes de su restauración.

Deterioro de algunas de las baldosas antes de su restauración.

 

Antes de su restauración, el suelo hidráulico de la Escuela de Minas y Energía presentaba un estado general bastante aceptable, aunque había ciertas alteraciones como grietas y fracturas en algunas baldosas, pérdida de adhesión al sustrato; así como desgastes y erosiones superficiales propias del uso.

Para recuperar su unidad potencial hubo que llevar a cabo diferentes tratamientos. Por un lado, se aplicó un mortero de cal hidráulica como tratamiento de adhesión o sellado en todas aquellas baldosas fracturadas, sueltas, despegadas o con movilidad. En zonas puntuales, donde las fracturas eran limpias y no presentaban pérdida de materia, se aplicó una inyección de resina termoplástica en dispersión coloidal (Acril 33), con el objetivo de garantizar la adhesión entre los fragmentos.

 

Instante en el que se retiran baldosas sueltas y se recolocan con mortero de cal.

Instante en el que se retiran baldosas sueltas y se recolocan con mortero de cal.

 

Una vez consolidadas las baldosas, se llevó a cabo una limpieza del revestimiento en dos fases; una primera de carácter químico  y una segunda basada en procedimientos mecánicos. Tras una limpieza en profundidad con una mezcla de agua y jabón neutro, se procedió con un micropulido con diferentes discos de diamante. A continuación se aplicó un hidrosellante para reducir la porosidad de las baldosas. Y por último, y en dos ocasiones, se abrillantó con cera microcristalina para conseguir el resultado más óptimo en cada una de las piezas.

Evolución histórica y técnica del suelo hidráulico

El pavimento hidráulico, que tuvo un gran desarrollo en España, tiene sus raíces en la península itálica a finales del XVIII. Pero realmente fue en Francia, en concreto en el Valle del Ródano, zona con un gran número de fábricas de cemento, y más concretamente en la ciudad de Viviers, donde la baldosa hidráulica va a adquirir la importancia de la que disfrutó hasta mediados del pasado siglo. Todo hace indicar que este tipo de suelo se introdujo en nuestro país desde Viviers a través de Cataluña, que vivía el apogeo del Modernismo. De hecho, esta clase de baldosas o rajolas, como se dice en catalán, siguen teniendo una gran aceptación allí, donde hay contabilizadas 70 de las más de 300 fábricas de pavimento hidráulico que hay en España.

El suelo hidráulico se realizaba con una novedosa técnica que abarataba los costes, y tenía la finalidad de cubrir solados imitando mármoles, piedras duras y otros materiales. Se fabricaban con mortero de cemento portland, por la capacidad que tiene este material de endurecerse con el agua a través de una reacción química denominada “hidraulicidad”. A ese mortero se le añadían los pigmentos correspondientes y se distribuía en un molde metálico según el diseño. Se establecen así tres capas en cada baldosa: la exterior (lisa y vista), la más valiosa desde el punto de vista artístico, ya que incluye los estampados y formas; la del medio (brassatge o secante); y la inferior (gros), la más porosa y a la que se le adhiere el mortero de agarre. Las piezas más comunes suelen tener un formato cuadrado, de unos 20×20 cm, con un grosor aproximado de 2,5 cm, y un peso entre un kilo y medio y dos kilos cada una.

Fuentes: Memoria de restauración del hall de acceso al Claustro de Profesores de la Escuela de Minas y Energía de Madrid / Revista ESTUCO.